Hace un par de años que comparto mi vida con unas preciosas gatas. Esto hizo que empezase a interesarme más por el mundo de la protección animal, y desde hace un año, que empezase a cuestionarme lo que como. Porque ¿cómo se puede querer tanto a unos animales y comerse a otros?
Debido a que históricamente hemos compartido nuestra vida con unas especies animales muy concretas, como perros y gatos, distintos tipos de aves o pequeños roedores, entre otros, nos cuesta mucho sentir empatía por otro tipo de especies, que suelen ser animales que vemos en peligro en las noticias de la televisión o en un documental.
Porque mientras acariciamos a nuestro perrito, colocamos en nuestro plato cadáveres de animales. El ser humano es muy curioso, puede estar acariciando a la vaquita del abuelo, comentando lo bonita que es, y de vuelta a casa zamparse un chuletón con patatas. ¿En qué momento perdimos la empatía hacia los animales que nos comemos? ¿Por qué somos capaces de aplastar una mosca, una hormiga o un gusano, y nos escandalizamos si pisamos la cola a nuestro gato sin querer?
Yo comienzo a entender ahora este mundo. Carnívora empedernida, de visita semanal a hamburgueserías, comencé a cuestionarme cómo llega la carne o el pescado a mi plato. Comencé a ver vídeos, a leer artículos. Sí, esos que la mayoría de la gente evita ver o leer para mantener su conciencia intacta.
Empecé a preguntarme entonces por qué lo llamamos carne y pescado cuando realmente es cadáver de animal terrestre y cadáver de animal acuático. Ví la realidad de la industria láctea y del huevo, esa que habitualmente pensamos que no daña a los animales.
La gente me dice habitualmente que las vacas producen demasiada leche y que hay que ordeñarlas para que no enfermen. Que a una gallina no le ocurre nada porque nos comamos sus huevos. Sí, exacto, es la misma gente que quiere mantener su conciencia intacta y por eso evita informarse y enterarse de que sus ideas están totalmente alejadas de la realidad
Cerrar los ojos no soluciona el problema. Pensar que históricamente el ser humano ha comido carne y que por eso debemos seguir haciéndolo tampoco. Tenemos la inteligencia para algo, podemos construir un mundo mejor. Sin sufrimiento, sin dependencia de los animales no humanos. Existen miles de alternativas a comer y vestir animales muertos, que es la realidad de lo que hacemos.
Me asusta el mundo en que vivimos. Ir a un restaurante y no tener ni un solo plato libre de sufrimiento animal. Ir al supermercado y tardar una vida entera en encontrar productos en los que no hayamos utilizado animales en nuestro beneficio. Dependemos absolutamente de los animales, a los que hemos aprendido a utilizar en nuestro beneficio, sin pensar en su bienestar, en sus necesidades fisiológicas y psicológicas. ¿Cómo puede darnos igual que un ternero sea encadenado nada más nacer, apartado de su madre, alimentado a propósito sin los nutrientes necesarios, sin ver la luz del sol hasta su muerte pocos meses después, y a la vez poner el grito en el cielo porque una persona ha encadenado a su perro? Nosotros hacemos lo mismo. Exactamente lo mismo, aunque nos empeñemos en no saberlo porque preferimos mantener nuestra conciencia intacta.

Qué pena nos produce ver cómo viven los galgos de las rehalas de los cazadores, sin embargo nunca pensamos en las condiciones en las que vive una gallina cuyos huevos nos comemos y cuyos bebés macho son triturados vivos, o un zorro que espera ser despellejado para que podamos vestir un abrigo hecho con su pelaje.
La vida que nos "obligan" a vivir es así de absurda y asquerosa. O despertamos o acabaremos con el mundo, dejaremos a nuestros hijos una vida llena de crueldad, sin principios
Este documental me enseñó la realidad que las grandes empresas nos ocultan, me abrió los ojos y me enseñó la crueldad del ser humano. Sí, despierta conciencias. Y no, no te quedas tranquilo e impasible después de verlo, te hace sentir mal. Pero los animales que salen en él, se sienten mucho peor hasta que por fin decidimos acabar con su vida:
Earthlings
Y todo esto lo digo desde la más absoluta repugnancia hacia mí misma, porque aún no he dejado de consumir del todo productos que conllevan sufrimiento animal. Sólo llevo unos meses sin consumir carne ni pescado, lácteos o huevos en casa, pero aún me falta descubrir alternativas cuando necesito comer fuera, donde aún de vez en cuando consumo algún producto con huevo o leche. Poco a poco voy consiguiéndolo, y pronto acabaré haciéndome vegana, algo necesario para que el mundo pueda seguir adelante.
Tenemos que despertar. Lo que hacemos con las vidas del resto de animales con los que compartimos el planeta es absolutamente repugnante. Una locura sin sentido. Hemos llegado a perder nuestra capacidad de empatizar, de ser justos, sólo por dejarnos llevar por la publicidad, el marketing, la vida que nos quieren pintar las grandes empresas con grandes intereses, esa que nos han pintado tan bonita, en la que ya no necesitamos ni siquiera pensar. Ya lo hacen por nosotros.
No nos dejan ni cuestionarnos la realidad de tortura a la que son sometidos los animales.¿La vaca que ríe? ¡Ese eslogan debería estar prohibido por ley! Me extraña que las vacas rían mientras la mastitis no las deja vivir sin dolor, mientras les arrancan de su lado a sus hijos recién nacidos.
Por favor, no dejemos que la vida nos la organicen. Que nos oculten la realidad, no seamos partícipes de eso.
Abre los ojos, esto es lo que haces mientras comes un filete de ternera, unos huevos revueltos o te bebes un vaso de leche.